Orden de actuaciones

18 Febrero, 2009 (14:16) | Uncategorized | No comments

orden de actuaciones
“A menudo el cometido del psiquiatra se funde con el del trabajador social y parece llegado el momento de establecer un orden de actuaciones. La esquizofrenia es un drama continuado, pero, cuando desciende el telón de sus fases activas, la actitud del psiquiatra oscila entre dos posiciones extremas; la de quienes piensan, y tal era la opinión de Kraepelin, que establecido el deterioro, la tarea del psiquiatra pasa a un segundo plano, y la de quienes, más acordes con la filosofía de la calidad de vida y la protección médica del individuo “desde la cuna al sepulcro”, abogan por el papel preeminente de los médicos es una amplia red de instituciones de apoyo y seguimiento de los pacientes destinada a mantenerlos amparados por la sanidad.
En nada beneficia a los enfermos adjudicar al psiquiatra papeles tan amplios. Me consta la mala prensa de unas actitudes clínicas que tienden a tratar lo que es tratable y a relegar en otros servicios y en otros profesionales funciones que no competen al médico; me consta, pues, la impopularidad de esto que escribo. Una impopularidad nacida al socaire de ciertos sectores de la psiquiatría y amparada en el clamor de numerosos profesionales paramédicos que, erróneamente, se sienten amenazados cuando sólo beneficios lograrían de un proceso clarificador. Nada como la indefinición presiona de modo tan sofocante; se mantiene un resignado silencio que teme desencadenar el enardecimiento de la incomprensión. Los médicos generales, habitualmente, no se cuestionan la conducta a seguir con el paciente que tras un proceso activo permanece con unas secuelas; concluyen su tarea donde la deben concluir, a pesar de la marginación a que conduce la discapacidad y el desajuste que el paciente genera en el grupo familiar. Contrariamente, el psiquiatra, escrupuloso y pusilánime, blanco de la crítica que suscita el peso social de la locura, asume una función perpetua de maternaje, ajena a su tarea de reconocer el hecho psíquico patológico y proponer y consumar un plan terapéutico que, por supuesto, ha de incluir la asistencia a un centro de rehabilitación laboral o a un centro de día pero que ha de concluir, cuanto antes, a la reinserción laboral con un salario que genere autonomía. Frente a esa línea, la contraria aboga por la organización de amplios departamentos psiquiátrico-sociales, extrahospitalarios, en los que los equipos multidisciplinarios (médicos, enfermeras, psicólogos, asistentes sociales) y aun diversas fuerzas vivas de la comunidad (maestros, sacerdotes, representantes de la ley, etc) permitan un entramado de asistencia médica y pseudorreinserción sociolaboral.” (Colodrón, Antonio. La condición esquizofrénica. Fundación archivos de Neurobiología. Editorial Triacastela. pag.268)

¿Se ha sentido sola alguna vez, Dra. Davis?

18 Febrero, 2009 (14:11) | Uncategorized | No comments

Se ha sentido sola alguna vez, Dra. Davis?
(fragmento de Mi Psiquiata era Bette Davis, p.p.)
José Augusto Colis

-¿Se ha sentido sola alguna vez, Dra Davis? Nadie es perfecto… Verá… Hubo momentos en el pasado en que hubiera dado la vida por sentirme solo. Para un esquizofrénico la soledad es un lujo. Nuestra soledad si que es sonora, como la de San Juan de la Cruz o Teresa de Avila, gente formidable y sintomática, a mi parecer. Si eres esquizofrénico, despreocúpate, no te encontrarás solo: siempre te acompañan las mismas voces intrusas, sonoras; sonido de las mismas palabras que construyen siempre las mismas frases y provocan los mismos miedos. A mi no me da miedo la soledad, Davis, a mí quien me da miedo son los otros, el infierno de los otros[1], porque hace mucho tiempo dejé de ser como ellos. Si yo fuera como los otros, un tipo normal, una persona de la calle, encontraría solaz y esparcimiento en los pequeños detalles de lo cotidiano que ahora me están vedados. Me gustaría, por ejemplo, sentarme en una silla, como ahora, para reposar tranquilo…, a salvo de cualquier inquietud interior; que mis brazos parecieran desplomados sobre los muslos y mis manos se distendieran en una suave languidez. Me gustaría, Davis, complacerme en la misma rutina de los otros, incorporarme a ella, despotricar con desenfado junto a mis amigos[2], disfrutar con la sucesión natural de los pensamientos y concebir ideas, sentir apenas el transcurso del tiempo, demorarme en el disfrute de las sensaciones, reinar como rey de espadas sobre mis emociones, zambullirme sin miedo en la normalidad de los otros. Pero… ¿y los otros? Si yo quisiera participar de su normalidad…¿estarán dispuestos, Davis, a acogerme?[3] Tengo mis dudas. A la gente no le gusta que perturben su espléndida normalidad, desconfía de los extraños, se percibe frágil ante la contemplación de lo diverso. Sueñan con un mundo poblado de espejos que siempre devuelvan la propia imagen; prefieren las mismas caras, la misma idea, la misma creencia; vidas tan parecidas unas de otras que bien podrían vivirse una sola vez y por una única persona. Para semejante uniformidad no se necesitan tantos individuos. Yo les temo a ellos, pero ellos huyen despavoridos cuando me aproximo[4]. Las personas pueden recobrarse de su neurosis, restablecerse con su enfermedad mental, pero no pueden curarse de sí mismas[5]. Imaginan, torpes, que soy una amenaza; suponen que puedo agredirlos con la hostilidad que no alberga mi corazón o desconcertarlos con la transgresión de las normas concebidas para su salvaguarda[6]; suponen, algunos, que estoy poseído por sobrenaturales embrujos o he accedido a conocimientos y evidencias sobre la existencia que me han enloquecido. Pero la locura no existe[7], Davis, salvo para los cuerdos, que pueden gozar locos de alegría o enajenados por el amor. Yo no estoy loco, Davis. Admito, sí, el trazo alborotado de las neuronas, mi drama dopaminérgico[8], la cristalina fragilidad, la vulnerabilidad que me hace ovillo, el afrontamiento doblegado[9], el gusto por la huida, la borrosa motivación, la acusada perplejidad, la claudicación de mis sentidos, la turbiedad del pensamiento, el estructurado delirio, el hostil hablador que me atormenta, mis dioses necesarios y fingidos. Admito, en fin, una enfermedad; admito mi existencia leve, que de tan leve, es ausencia de mí mismo… admito lo que ustedes quieran… pero yo no estoy loco. Nadie está ya loco.

[1] “Allors c’est ca l’Enfer. Je n’aurais jamais cru…Vous vous rappelez: le soufre, le bucher, le gril…Ah! quelle plaisanterie, Pas besoin de gril, l’Enfer c’est les Autres”. Huis-clos. Jean Paul Sartre.
[2] “Un tercio de las personas con esquizofrenia nunca tienen un amigo”
[3] En los estudios antropológicos que han examinado los resultados de trabajos transculturales, se ha encontrado un consenso en el hecho de que hay un reconocimiento universal de las enfermedades mentales y que se asocia a estas un estado identificado como “distinto y indeseable” y que hay una tendencia a estigmatizar este tipo de enfermedades en todas las culturas y sociedades
[4] “A pesar de las campañas educativas periódicas, los prejuicios continúan; ello se refleja en los conflictos que surgen alrededor de lugares residenciales para estas personas, en una aceptación social desfavorable y en prácticas negativas de contratación.
[5] “Las personas pueden recobrarse de su neurosis, pero no curarse de si mismas” Jean Paul Sartre.
[6] “Muchos psicóticos no son violentos y, además, es más probable que sean víctimas y no agresores. Sin embargo, la probabilidad de que se den comportamientos de asalto entre esta población es significativamente mayor que en una población no seleccionada especialmente aquellos que viven por su cuenta, a menudo en el rango de los “sin hogar” –homeless—es decir, aquellos entre los que no es probable que puedan tomar regularmente un medicamento y/o que acudan o accedan regularmente a tratamientos de ese trastorno
[7] Esquizofrenia, paranoia, etcétera, son palabras de un campo semántico científico que arrebata definitivamente al enfermo mental de la locura, y deja confinada a ésta a un uso enfático, mítico, cultural y moral. La locura no existe, y, sin embargo, es el origen de la ignorancia y del prejuicio hacia unos enfermos mentales que nada tienen que ver con ella.
[8] La hipótesis dopaminérgica es la más sólida y la que da explicación más amplia del trastorno, aunque los interrogantes que plantea superen a los que responde.

[9] J. Zubin y B. Spring en 1977 y J. Zubin y S. Steinhauer en 1981 describieron los primeros modelos de vulnerabilidad/estrés para la esquizofrenia. Se asumió que ésta no es un trastorno continuo pero sí lo es la vulnerabilidad a ella, que podría mantenerse latente toda la vida o manifestarse cuando determinados factores vitales actuasen como estresores.

incurables de si mismos

18 Febrero, 2009 (14:03) | Uncategorized | No comments

[frag. texto de Istar para Foro de debate de la página del Centro de Rehabilitación Laboral. Año 2002)

Un buen día, hace muchos años, el portero de un manicomio comentaba que al cerrar los portones de la institución, siempre le asaltaba la duda de si “cerraba por dentro o por fuera”. Acabo de leer en la sección Noticias de La Gaceta el problema de discriminación que han sufrido cuatro personas con enfermedad mental en un bloque de pisos de Alcorcón. Y acabo de tener una sensación parecida a la de aquel portero, sólo que muchos años después. Si no he entendido mal, en una reunión de vecinos, ya de por sí una reunión de vecinos es lugar de riesgo, dos representantes de una asociación fueron insultadas y acorraladas y a punto estuvieron de ser agredidas por los vecinos. Las dos representantes, que defendían el derecho a la vivienda de cuatro personas con enfermedad mental, “acabaron huyendo”, dice literalmente la noticia, de una pandilla de salvajes totalmente cuerdos. Uno de los agresivos vecinos declara, sin embargo, que “yo no tengo nada en contra de ellos, pero que se los lleven de aquí”. Inteligente, este señor; me pregunto qué hubiera hecho si llega a tener algo en contra. Otro vecino inteligente declara que “no voy a esperar a que pase algo. Son personas enfermas, y aunque hoy estén bien, mañana les puede dar una crisis”. Esta luminaria, este abandonado por la inteligencia, este aspirante a Psiquiatra de guardia, piensa que las crisis de una enfermedad mental se desarrollan como las metamorfosis del Increible Hulk. El panorama es realmente desalentador. Estos televidentes de lo rosa, estos olvidados de la fortuna, estos vecinos de barrio oscuro, necesitan volver a empezar, regresar a los tiempos de la escuela y del recreo, de la formación personal, de las clases donde enseñan el abecé de lo humano.

En estos últimos días, en una localidad catalana un menor de edad retuvo secuestrados a una veintena de niños. ¿Era un enfermo mental? Sería un abandonado de la sociedad, del dinero, de la suerte, quizá también de la inteligencia, pero no un enfermo mental. Alguien ha visto a algún enfermo mental entre las algaradas de los fanáticos, que anteponen la vida de los otros a una idea. El fanatismo no es una enfermedad, es una degeneración de las ideas y de las creencias. ¿Alguien ha visto a algún enfermo mental protagonizar alguno de los programas de máxima audiencia? Aunque sus protagonistas no acierten a hilvanar dos ideas coherentes, la causa hay que encontrarla en ambiciones de opereta, protagonismos de tómbola, y carencias personales del tamaño del big-ben. Es urgente la revolución de la información, la educación y la sensibilidad, para todos estos vecinos, cercanos, próximos a lo silvestre. Termina esta noticia diciendo que andan buscándoles nuevo alojamiento a estas pobres víctimas de la barbarie, porque “temen que algún vecino pueda agredirles”. Si, que se vayan, y rápido, allí no están seguros. Pero que no olviden ellos y sepan de sí mismos, que las personas con enfermedad mental no son violentas, y que con la atención farmacológica y psicosocial que merecen, podrán vivir en la comunidad como cualquier otra persona. Los que lo tienen más crudo son los vecinos, porque como decía Sartre, una persona puede curarse de su enfermedad, pero no curarse de si misma. Un cordial saludo a todos y perdón por alargarme.”

En busca de Spinoza

18 Febrero, 2009 (13:59) | Uncategorized | No comments

En Busca de Spinoza
Neurobiología de la emoción y los sentimientos
Antonio Damasio

“Dije que la vida del espíritu necesita el complemento de una actitud combativa. ¿Qué significa eso? Vista en términos objetivos, la naturaleza no es cruel ni benigna, pero nuestra visión práctica puede ser, justificadamente, subjetiva y personal. Según esta visión, la biología moderna está revelando ahora que la naturaleza es aún más cruel e indiferente de lo que creíamos antes. Mientras que los seres humanos somos víctimas del mal casual, no premeditado, de la naturaleza, en igualdad de oportunidades no estamos obligados a aceptarlo sin respuesta. Podemos encontrar medios para contrarrestar la crueldad e indiferencia aparentes. La naturaleza carece de un plan para la prosperidad humana, pero a los seres humanos de la naturaleza les está permitido diseñar dicho plan. Una actitud combativa parece contener la promesa de que nunca nos sentiremos solos mientras nuestra preocupación sea el bienestar de los demás.

Saber acerca de la emoción, el sentimiento y su funcionamiento es importante para la forma en que vivimos. Al nivel personal, esto es muy cierto. A lo largo de las dos próximas décadas, quizá antes, la neurobiología de la emoción y de los sentimientos permitirá que la ciencia biomédica desarrolle tratamientos efectivos contra el dolor y la depresión, sobre la base de una comprensión general de la manera en la que los genes se expresan en determinadas regiones del cerebro y de la manera en que dichas regiones cooperan para hacer que nos emocionemos y sintamos. Los nuevos tratamientos se dirigirán a corregir carencias específicas de un proceso normal en lugar de simplemente atacar los síntomas de una forma general. Combinadas con intervenciones psicológicas, las nuevas terapias revolucionarán la salud mental. Los tratamientos de que ahora disponemos parecerán entonces tan toscos y arcaicos como ahora nos parece la cirugía sin anestesia.”

Los muros invisibles

18 Febrero, 2009 (13:55) | Uncategorized | No comments

(Fuente: El País. Tribuna Sanitaria.
DOMINGO DÍAZ DEL PERAL
Domingo Díaz del Peral pertenece al Grupo de Comunicación de Salud Mental de la Consejería de Salud de Andalucía y firma este artículo junto a los otros miembros: Andrés López Pardo, Gonzalo Fernández Regidor, Pablo García Cubillana, Rafael del Pino, Eulalio Valmisa, Emilio Andrade, Joan Carles March, Águila Bono del Trigo, Ángel Luis Mena Jiménez.)

Una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida. En la gran mayoría de casos, la superará y en otros, si bien la enfermedad perdura, el paciente, con ayuda de familiares, amistades y profesionales, será capaz de afrontar su situación. También puede ser un proceso largo y doloroso, no sólo por la gravedad de su patología, sino por la imagen negativa que la sociedad posee de las personas con enfermedad mental. Gran parte del sufrimiento que padecen estas personas tiene su origen en el rechazo, la marginación y el desprecio social que tienen que soportar, y no en la enfermedad en sí misma.
La percepción social de la enfermedad mental está sesgada por el desconocimiento y la desinformación, e influye en el aislamiento de las personas que la padecen, haciéndoles creer que su enfermedad es una losa demasiado pesada de la que no podrán sobreponerse, y poniendo barreras a su recuperación. Nos referimos al estigma de la enfermedad mental, sustentado en prejuicios y causante de discriminación social, que se debe combatir por injusta, cruel y por no tener base científica.
La estigmatización es casi siempre inconsciente, basada en erróneas concepciones sociales, arraigadas en la percepción colectiva. Por ejemplo, que una persona con esquizofrenia es violenta e impredecible y no podrá nunca trabajar o vivir fuera de una institución ni tener una vida social. Que una persona con depresión es débil de carácter. Que no puede casarse ni tener hijos e hijas. Que la enfermedad mental no tiene esperanza de curación. Que es imposible ayudarle
Y tiene diversas fuentes. Los vecinos que se sienten incómodos con estas personas, evitan cruzarse con ellas y desearían que en el edificio no hubiera gente así. Los empleadores que temen que estén siempre de baja y las relegan a funciones de menor responsabilidad. Los periodistas que reflejan las creencias erróneas de la sociedad, como parte de la sociedad que son, y las transmiten en sus informaciones. También los profesionales socio-sanitarios, incluidos los de salud mental, son fuente para la estigmatización cuando en la consulta ven sólo la patología y no a la persona. E incluso la propia familia, que por causa del estigma siente vergüenza y esconde la enfermedad, la niega y con ello también niega a la persona.
El estigma de la enfermedad mental viene heredado de siglos de incomprensión, de una mentalidad proclive a encerrar al loco y alejarlo en lugar de ayudarlo desde una perspectiva de salud e integración. Hace ya más de 20 años que se inició la reforma psiquiátrica, se desmantelaron los psiquiátricos y el loco pasó a ser un ciudadano. Pero desmantelar el estigma de la conciencia colectiva parece una tarea mucho más difícil. Las barreras de los antiguos manicomios han dejado paso a otros muros, invisibles, que mantienen el aislamiento e impiden la total recuperación de los pacientes, mediante prejuicios y tópicos que los encierran en su enfermedad.
El silencio que rodea a cualquier problema de salud mental forma parte del problema. Las enfermedades mentales están silenciadas, ausentes e invisibles. Están muy cercanas pese a que siguen siendo grandes desconocidas para la sociedad. La realidad es que una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida, y eso son muchas personas. Puede ser una amiga, un novio, un padre, una hermana o un compañero de trabajo. El 9% de la población española sufre una enfermedad mental. Estas cifras crecerán, en una tendencia común en el mundo occidental y con un elevado coste social y económico.
Las autoridades políticas y sanitarias han identificado el estigma como una parte sustancial del problema de las personas con enfermedad mental, en el afrontamiento de su recuperación. Y su erradicación se está convirtiendo en objetivo prioritario de intervención institucional; de la Organización Mundial de la Salud, de la Unión Europea, del Ministerio de Sanidad, que establecen la necesidad de una mejor concienciación de la población respecto a las enfermedades mentales y su posible tratamiento, así como el fomento de la integración de las personas afectadas mediante acciones de sensibilización. “Una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida. Reconócelo, la salud mental importa” es el eslogan de una campaña de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.
Además de las campañas de sensibilización, la atención en la comunidad con servicios sanitarios y sociales de calidad, y sobre todo el contacto directo y en lugares normales de vida con las personas afectadas, parecen ser las estrategias más eficaces para luchar contra el estigma. Es necesario que nos cuestionemos la visión que poseemos de la enfermedad mental y nuestras actitudes con quienes la padecen. Tenemos múltiples barreras que superar. También hay mucho que ganar.
DOMINGO DÍAZ DEL PERAL 15/05/2007

No hay enfermedad

18 Febrero, 2009 (13:49) | Uncategorized | No comments

“Cuando la noticia de horrores como los cometidos por Josef Fritzl conmociona a la opinión pública, los profesionales de la salud mental nos vemos requeridos a responder qué tipo de mente enferma puede haberlos guiado. La respuesta es descorazonadora: no hay enfermedad a la que atribuir un comportamiento así.
Pensar que un comportamiento contrario a lo que consideramos humano es producto de una enfermedad nos evita el trance de aceptar la maldad en nuestra especie. Pero lo hace a un coste alto: el de negar la responsabilidad que tienen los individuos de sus actos y el de asociar, una vez más, por un motivo falso, la enfermedad mental grave con la violencia.
A veces, un trastorno psicótico puede llevar a cometer delitos: el individuo que cree que el enfermero que le ayuda es un miembro de la Gestapo que se propone arrancarle la información que él tiene para destruir el mundo, no debe ser considerado culpable de apuñalar al enfermero -cosa que nunca se propuso- sino de haber intentado defenderse a sí mismo y a la humanidad. Y sólo debe ser tratado para evitar que vea miembros de la Gestapo.
Pero no hay enfermedad mental que coarte la libertad de un Josef Fritzl, que ha demostrado una capacidad de manejo certerísima de la realidad y que, con seguridad, sabía lo reprobable de su conducta, que, por eso se preocupó de ocultar. No hay objeto de tratamiento psiquiátrico aquí. El mal que causó a sus hijos es irreparable. Que su caso no sirva para que, al explicarlo, causemos mal a inocentes. Porque empezamos a querer ver enfermos mentales donde sólo hay malvados y acabamos viendo malvados donde sólo hay enfermos mentales.”

Alberto Fernández Liria es presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Fuente: El País.

Un paciente inolvidable

12 Febrero, 2009 (10:13) | Uncategorized | No comments

-¿Ha tenido un paciente inolvidable?
-Otros reían al verlo. A mí se me hizo un nudo en la garganta cuando lo conocí. Llevaba 30 años, toda su vida, en un manicomio. Iba siempre en pijama, fumaba un cigarrillo tras otro y no hablaba. Los enfermeros -”¡Salta, Tony, salta!”- le hacían dar piruetas para divertirse.
-¿Usted le curó?
-Curar es un verbo difícil de conjugar en psiquiatría. No fui yo, la verdad, sino un grupo de jóvenes voluntarios entusiastas que no eran psiquiatras. Lo llevaron a un piso con otros enfermos y le enseñaron, poco a poco, a cocinar, a fumar menos, a ver la tele y poder comentarla, a vestirse bien…
-Necesitaron paciencia.
-Mucho menos de lo que yo creía. Los psiquiatras, mientras tanto, miraban con conmiseración a aquellos muchachos, que enseñaban a coser a un caso perdido. Hace poco volví a ver a Tony…
-¿Y…?
-Vive en un apartamento él solo, me saludó y habló conmigo. Tiene una asistenta dos horas al día y no se gana la vida, pero… ¡por Dios, no da piruetas! ¡Y los vecinos le llaman “don Antonio” con respeto!
-Bien.
-Hoy es una persona, porque esa es la primera lección: la dignidad es terapéutica; la otra es que no hay casos imposibles. (B.Saraceno)

El ser diverso

10 Febrero, 2009 (13:01) | educación, sensibilización | No comments

Los maestros tenemos en nuestro pensamiento un tipo ideal de alumno/a, de chico/a, de persona, si bien es cierto que cada maestro tiene el suyo propio. A él /ella nos dirigimos figuradamente cuando preparamos una clase y cuando la exponemos, esperando que sean los alumnos los que se acerquen a ese ideal. La diferencia, lo inusual nos supone quebraderos de cabeza e inconvenientes, trabajo extra, atención diferenciada,… En más de una ocasión, cuando un maestro/a quiere decir que tiene una clase complicada bajo su responsabilidad, he oído que empleaba el adjetivo heterogéneo. Pienso, que si pretende ser un eufemismo o un término políticamente correcto, la expresión no está escogida al azar, que desvela el miedo, o la incomodidad, o el desconcierto que nos produce la variedad de maneras  de ser, de aprender, de entender…, aunque no siempre estemos dispuestos a admitirlo.

La escuela es un agente integrador, normativizador, sirve, entre otras cosas, para incluir a las personas dentro de la sociedad, sus usos, sus reglas y sus costumbres, siendo por ello valiosa, porque pretende convertir a todos en iguales, sin clasismos ni rangos y les ayuda a entenderse e integrarse con el entorno. Pero cuando la diferencia aflora, cuando alguien no es o no se comporta como esperábamos nos sentimos en medio de un choque de trenes, nos empecinamos en buscar una explicación para saber por qué  alguien es raro o extravagante buscamos en su familia, en su entorno, en su clase social, en sus profesores pretéritos, en el interior de su cabeza a través de médicos, orientadores, psicólogos y demás gurús de la mente, además y lo que es peor, buscamos culpables para justificarlo, pero nadie parece admitir que muchas cosas son porque lo son y lo que es más importante, que no debe inquietarnos que algunas personas sean de otra manera a como pensábamos y que lo sean sin que intervenga su voluntad en ello.

Cuando conseguimos que una persona deje de tener conductas dolosas con los demás y consigo mismo, acostumbramos los maestros a traspasar la línea de lo razonable y nos sentimos obligados a continuar la enmienda de la persona y que sea totalmente igual a los demás, dejamos poco espacio a la creatividad, al pensamiento divergente, a la enseñanza creativa o por descubrimiento, encaminamos al diferente a ser mecánico y rutinario como si a fuerza  de recitar una letanía de conductas se desprendiese de su divergencia y se olvidase de quién es para aparentar su total corrección.

E n un mundo en el que somos tan poco dados a convivir con las características que nos hacen particulares (gordos, altos, bajitos, flacos, peludos, vehementes, soñadores, inseguros, locos,…), resulta mucho más enojoso dejar que otros sean particulares sin que alguien nos certifique por escrito su singularidad.

En los centros educativos debemos elaborar y revisar el Plan de Atención a la Diversidad (PAD), con la intención de abrir las manos y dar cabida a todos, algunos centros lo esconden o minimizan con la intención de mostrar que “aquí no hay gente de esa”, otros lo engordan o lo llevan muy a gala para dar lástima a la administración y que consideren el lugar de trabajo de difícil desempeño, con las contraprestaciones que eso conlleva, pero en la práctica se convierte en un plan corrector de desviaciones curriculares, en un proyecto homogeneizador impuesto por un currículum de conocimientos por encima del de las actitudes y con una evidente visión laboral, de inspiración academicista.

Cabe decir que cuando hablo de los colegios y los maestros, generalizo acerca de un colectivo muy “diverso”, que también contiene a sus heterodoxos, sus excéntrico y sus “raros” y que el espíritu, creado o adquirido, de cada centro educativo, su localización social y geográfica, así como su “potencial humano” determinan el grado de flexibilidad con la diversidad, sea ésta de nacimiento, de raza, de religión o de pensamiento y de conducta.

Luis.